Uno de los símbolos más polifacéticos representado a lo largo de toda la historia de la humanidad, y el animal más complejo que la imaginación humana haya creado jamás.
Existe algo de misterioso en estos seres fantásticos. Vemos figuras de extinguidos dinosaurios pero no exaltan nuestra fantasía con tanta fuerza.
En el subconsciente colectivo, algo perdura en relación a estos seres. Es como si esa memoria de la Naturaleza conservara en algún rincón la esencia y el significado simbólico de estos seres, que son reminiscencias seguramente de algo que debía existir.
Nos volvemos un poco niños cuando imaginamos a estos seres fantásticos; nos cautivan sus relatos, atraen nuestra fantasía, atrapan la atención.
Se nombra en tantos sitios y épocas al dragón, que es casi imposible abarcar todas sus leyendas y referencias sobre él.
El dragón, "drakón" en griego, es en nuestros días como un monstruo mítico, representado en infinidad de sellos, escudos, pinturas y cerámicas. En realidad es –nos dice Helena Blavatsky– un extinguido monstruo antediluviano. En las antigua Babilonia se alude a él en su cualidad de "escamoso"; y en multitud de piedras preciosas está relacionado con Tiamat, el mar. "El dragón del Mar" es mencionado con frecuencia. En Egipto, la estrella del dragón (después la estrella del Polo Norte) es el origen de la conexión de casi todos los dioses con el dragón.
Bel y el dragón, Apolo y Pitón, Osiris y Tifón, Krishna y Káliya, Sigurd y Fafnir, y finalmente San Jorge y el dragón vienen a ser lo mismo. Todos ellos eran dioses solares, y dondequiera que encontremos el Sol, allá está igualmente el dragón, símbolo de sabiduría y poder.
Los hierofantes de Egipto y de Babilonia se titulaban "Hijos del Dios-Serpiente" e "Hijos del dragón". Tanto la Serpiente como el dragón eran símbolos de la sabiduría, de la inmortalidad y del renacimiento.
En la Biblia, en el Apocalipsis, aparece un gran dragón de color rojizo, con siete cabezas y diez cuernos, el cual fue vencido por San Miguel y sus Ángeles.
Filostrato, autor del siglo II d.C., en su libro La vida de Apolonio de Tiana, describe al dragón como un animal fabuloso, recubierto de escamas de oro.
Numerosos fueron los héroes, tanto de la era cristiana como anteriores a ella, que dieron muerte a dragones, y a los que, por consiguiente, se tenía por protectores del bien. Entre ellos citaremos a Anubis, Apolo, Perseo, Hércules, Jasón, San Jorge, San Miguel, San Julio, San León, San Clemente y otros.
SAN JORGE Y EL DRAGÓN
Existen diferentes versiones de las hazañas de San Jorge, que vivía en Palestina en el siglo III, y supuestamente padecía martirio poco antes del advenimiento del emperador Constantino. En el Diccionario Histórico de los Santos de John Coulson se encuentra la versión considerada oficial:
Jorge, un caballero cristiano, llega a la ciudad de Sileno, en Lidia, en la cual un terrible dragón hace reinar la desolación. Los habitantes se habían visto obligados a elegir entre ellos mismos a los que debían servir de sacrificio al monstruo. Incluso la propia hija del rey había de ser inmolada, pero entonces apareció Jorge, que atacó y redujo al monstruo, y la princesa, pasando por el cuello del mismo su cinturón a guisa de correa, lo condujo a la ciudad. Una vez allí, Jorge consintió en matar al dragón, a condición de que los habitantes recibiesen el bautismo.
Según autores más recientes, San Jorge se casó con la princesa.
En otro relato se dice que en Francia, en el castillo de Vangrenens, vivía una dama hermosísima, pero de escasa virtud. En castigo, fue transformada en "basilisco", especie de dragón, y se dedicó a causar estragos en la región. El basilisco es una especie de ave-reptil particularmente dañino. Este monstruo es engendrado por un huevo de gallo, puesto en el estiércol e incubado por un sapo. El basilisco destruye todo cuanto toca, y sus picaduras son venenosas. El hijo de la pervertida dama, Jorge, un piadoso caballero, decide librar a la región del terrible animal. Lo mata y lo aplasta bajo las patas de su caballo; mas inmediatamente después es presa de tristeza y de remordimiento. San Miguel le dice que debe de ser castigado por haber matado a su propia madre.
Que sea quemado y sus cenizas dispersadas por el viento... Jorge muere valerosamente en la hoguera. Pero sus cenizas, en lugar de volar al azar, caen de nuevo a tierra en un montón. Una muchacha las recoge. En un lugar cercano toma una manzana y se la come. Nueve meses después da a luz un hermoso niño, el cual anunció: Mi nombre es Jorge, he nacido en esta tierra por segunda vez...
El Papa Juan XXIII decidió suprimir a Jorge del santoral cristiano.
EL DRAGÓN EN LA EDAD MEDIA
En la Edad Media, los dragones son los guardianes de grutas encantadas, de palacios o de tesoros fabulosos, y para conquistar estos tesoros los caballeros estaban obligados a combatir contra tales monstruos. Otro tanto sucede para ganar el corazón de una gentil princesa. Perceval, Sigfrido y tantos otros héroes legendarios serán los adversarios, triunfantes, de terribles animales. La sangre del dragón que mata Sigfrido, que se frota el cuerpo con ella, le servirá de armadura.
En Extremo Oriente los dragones suelen guardar la entrada de los palacios santuarios.
Se encuentran figuras de dragones tanto en los primeros bajorrelieves del arte románico como en la estatuaria de las catedrales góticas y en los frescos del Renacimiento. Incluso en el siglo XVII, un pintor como Rubens utilizará este tema para sus lienzos.
Al mismo tiempo se multiplican los dragones en las leyendas y en los cuentos de hadas, donde sirven frecuentemente de monturas a hechiceros y otros personajes maléficos. Se dice que el doctor Fausto, después de haber vendido su alma al diablo, fue arrastrado al infierno por dos de estos animales cuando sonó la hora en que su espantoso pacto finalizó. En resumen, estos monstruos poblaban la imaginación popular, y no había ciudad populosa europea que no tuviese su propio dragón.
A modo de ejemplo, podemos hablar de la "tarasca", monstruo que debe su nombre a la ciudad de Tarascón. Dice la leyenda que entre Aviñon y Arlés, al pie de un enorme peñasco que domina el Ródano, reinaba un dragón que mataba a todas las gentes que pasaban por allí, además de zambullirse en el río para hacer zozobrar a los barcos y devorar a sus ocupantes. Su guarida se hallaba en una gruta inaccesible, debajo del castillo de Tarascón. Este ser tenía cabeza de león, crines de caballo, cuerpo de toro, cola de serpiente y seis patas armadas de garras de oso; con un caparazón de tortuga y una cresta de aristas cortantes.
¿Quién podía vencer a la Tarasca? Un simple mortal no, desde luego. En los primeros siglos del Cristianismo sólo podía tratarse de un santo, y en este caso santa Marta, hermana de María Magdalena.
Dicen que fue a Provenza para combatir el paganismo en la región. Los de Tarascón le pidieron que venciera al dragón; santa Marta fue a su encuentro, éste estaba en el bosque, devorando una de sus victimas; avanzó hacia él con una cruz de madera y le roció con agua bendita y eso lo volvió manso como un cordero. Se lo llevó al pueblo y los tarasconenses le hicieron pedazos, siendo después bautizados en masa por esta santa.
EL DRAGÓN Y LA ALQUIMIA
El dragón está íntimamente relacionado con la Alquimia. El dragón que se muerde la cola representa la fuerza natural, reprimida y latente, la contrapartida del águila, el espíritu liberándose.
Cuando aparecen parejas de dragones entrelazados representan las dos fuerzas psíquicas elementales en estado primario y caótico, y corresponden en cierta forma al caduceo.
El dragón de Uroboro es símbolo de la naturaleza encadenada, de la materia sin forma. Cuando no se poseen las armas luminosas, las únicas que pueden vencer al terrible dragón que guarda el vellocino de oro, el hombre puede ser devorado por esas fuerzas de la Naturaleza que guardan el oro del alma.
La Naturaleza es también el mar inmenso al que salieron los argonautas; aquellos que observan con rigor las leyes de la Naturaleza pueden lograr el preciado vellocino de oro que les entregará Medea, representación de la Naturaleza que, desobedeciendo las órdenes de su sombrío padre y con gran enojo del sorprendido dragón, entregó el vellocino de oro.
Para la Alquimia, las dos fuerzas representadas por las serpientes o dragones son el azufre y el mercurio. A veces uno de los dos reptiles representa el azufre; y el mercurio es alado y el azufre no; o en lugar de dos reptiles, luchan entre sí un león y un dragón. La ausencia de las alas sugiere el carácter de "sólido" del azufre, mientras que el animal alado, ya sea dragón, grifo o águila, representa al "volátil" mercurio.
El dragón puede representar por sí solo todas las etapas de la obra, según aparezca: con patas, con aletas, con alas o sin ninguno de estos apéndices; puede habitar en el agua, en la tierra o en el aire, y en forma de salamandra incluso en el fuego.
El símbolo oriental del dragón vive primero en el agua en forma de ser acuático, para elevarse luego al cielo como animal alado. Recuerda también el mito tolteca de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada que se mueve sucesivamente bajo tierra, en la superficie y en el aire.
El dragón es uno de los símbolos más polifacéticos representado a lo largo de toda la historia de la humanidad, y es el animal más complejo que la imaginación humana haya creado jamás.