¿Que es el Miedo?

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Si el miedo es un ente, una especie de gran ser cósmico que existe en todas las cosas, cabría afirmar que, por ello mismo, está en todos los planos de la naturaleza

Este es un tema tan común que no existe nadie ni nada en nuestro mundo conocido que esté exento del miedo.

Miedo a la vida, a la muerte, al amor, a la ausencia de amor, a la oscuridad, al miedo mismo, y un largo etcétera que nos rodea como el aire que respiramos.

Los diccionarios y enciclopedias definen al miedo como una «perturbación del ánimo, originada por la aprehensión de algún peligro o riesgo que se teme o recela. Recelo o aprehensión que uno tiene de que le suceda alguna cosa contraria a la que deseaba.»

Etimológicamente viene del latín «metus», miedo; «metuere», temer. Remite a la situación de ánimo sobrecogido con la idea del peligro.

Darwin, en su obra «La expresión de las emociones», describió detenidamente los efectos del miedo según el punto de vista de la fisiología. El hombre espantado, dice, queda primero inmóvil como una estatua, reteniendo la respiración. El corazón late con rapidez y violencia levantando el pecho. La piel queda instantáneamente pálida, como si se provocase un desvanecimiento, debido a la impresión recibida por el centro vasomotor, que provoca la contracción de las pequeñas arterias de los tegumentos. La respiración se precipita y la boca se seca al estorbarse el funcionamiento de las glándulas salivares. El temblor se apodera de todos los músculos del cuerpo. Todo esto da como resultado los sentimientos de opresión y angustia.

A este respecto nos cuenta Jorge Ángel Livraga que Dios incluyó el miedo en los sistemas de supervivencia de todos los seres. Mezcla misteriosa de experiencia y de prevención, acude en ayuda de los amenazados de múltiples maneras. Su finalidad es la perduración de los individuos y de las comunidades.

En la antigua Grecia y Roma, bastante familiares a nuestra mentalidad occidental, observamos que el miedo, junto con el temor, tenían consagrados santuarios especiales. Entre los griegos eran Deimos (el Temor) y Fobos (el Miedo), (de este dios viene la palabra fobia), y entre los romanos Palor y Pavor. En ambos casos se decía que eran hijos del dios de la guerra y de la diosa del amor, Ares y Afrodita entre los griegos y Marte y Venus entre los romanos. ¡Extraños progenitores de estas divinidades! ¿Qué relación puede tener el miedo con el amor y la guerra?

A estos dioses es a quienes se les atribuía, no sin razón, la responsabilidad de las derrotas militares. Y efectivamente, la desbandada de los ejércitos produce la impresión de que una horda de demonios recorre el campo de batalla, atrapando a los que huyen despavoridos. Es así que los antiguos consideraban aliados eficaces a estas divinidades, a la vez que adversarios temibles, con los que había que congraciarse antes de emprender cualquier campaña bélica.

Jorge Ángel Livraga nos dice que el miedo como ente psicológico existe; se tiene y se contagia. Según este autor, lo primero para sobrevivir al miedo es vencer el temor en el plano más elevado, donde están los arquetipos de la Mansión del Gran Miedo. Cada uno de nosotros tiene un arquetipo del propio terror, y vencerlo allá, descongelarlo, luchar con él y salir victorioso, es la meta de toda realización real.

Si el miedo es un ente, una especie de gran ser cósmico que existe en todas las cosas, cabría afirmar que, por ello mismo, está en todos los planos de la naturaleza, que según el esoterismo tradicional son diez, de los cuales los tres últimos escapan a nuestra comprensión netamente humana. Y de los 7 restantes, sólo podemos concebir los 4 primeros y el 5 superficialmente. Estos 4 planos se asemejarían a nuestros 4 planos de la naturaleza, el mundo mineral, el vegetal, el animal y el humano.

Así pues, el miedo existe en toda la naturaleza, pero nuestra mente abstracta no llega a comprender que el mundo mineral experimente miedo, y de muy mala gana admite que los vegetales tengan algún atisbo de emoción, aunque los últimos experimentos en este aspecto así parezcan demostrarlo. Nuestras plantas perciben el amor, el odio o la delicadeza con que las tratamos, y mediante sofisticados instrumentos podemos constatar cómo al acercar algún tipo de herramienta cortante la planta experimenta reacciones emocionales que podríamos denominar miedo.

En el plano físico el miedo se nos presenta como una necesidad de supervivencia. Miedo a ser destruido, a desaparecer. El robot biológico que es el sustento de los demás cuerpos tiene sus propios sistemas de inteligencia y busca perdurar y sobrevivir.

En el plano mental es donde mayor fuerza ejerce el miedo sobre el ser humano, pues de alguna manera se alían aquí los otros miedos de los planos inferiores.

Jorge Ángel Livraga afirma que lo primero que tenían que conseguir los discípulos al entrar en una Escuela de Misterios era vencer el miedo, pero no a tal o cual miedo, sino al miedo en sí. De ahí que si nos fijamos en la forma de ser y vivir de una persona podremos llegar a percibir su estado evolutivo, pues muchas veces los miedos reales que tenemos son por ignorancia de las leyes que rigen a toda la naturaleza y al cosmos.

Las artes marciales con profundidad esotérica han enseñado siempre que el principal oponente es uno mismo y sus miedos. Debe vencerse este enemigo, pero no destruirlo, porque el miedo es una enorme fuerza de la que se puede sacar provecho. Hay que domarla como a los caballos salvajes, y una vez bajo nuestro control hay que montarlo y utilizar su fuerza en nuestro provecho.

También nos dicen que el miedo le entra al hombre por los pies, y que va ascendiendo hasta llegar al corazón. Cuando se produce tal, queda paralizado, y el cuerpo se encuentra a merced de las circunstancias. Nos aconsejan que cuando notemos que el miedo está subiendo por nuestro cuerpo hagamos presión, fuerza con el estómago, y procuremos detenerlo antes de que suba al corazón, y a ser posible que lo saquemos fuera del cuerpo por donde vino. Si el miedo nos lo ha transmitido algún maleante o enemigo concreto, debemos lanzarle el miedo a él.

Necesitamos recrear de nuevo el valor, tanto individual como colectivo.

Citando de nuevo a Jorge Ángel Livraga, venciendo el miedo hizo el hombre las Pirámides de Egipto, el Partenón, el Panteón y Notre Dame. Escribió La Iliada y La Odisea, la Biblia y el Bhagavad Gita, La Divina Comedia y El Quijote. Pintó las tablas de mármol de Pompeya, la Capilla Sixtina y la Primavera. Así se compusieron los cantos gregorianos, la Tetralogía de Wagner, la Novena de Beethoven y el Te Deum de Verdi. Se esculpió el Discóbolo de Mirón y la Piedad de Miguel Ángel. Así descubrió América y pisó la Luna.

Si el miedo es a veces conveniente, el valor es mucho mejor. Urge retornar a un espíritu de valor, de aventura, de iniciativa.


Salvador Cruañes



(Extraído: Revista Esfinge Digital)



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