Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir "Maese La Roca", tenía una pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.
Sin embargo el anciano replicó:
-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo felicitaron por su buena suerte.
Pero el viejo de la montaña les dijo:
-¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!
Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el pésame, y nuevamente les replicó el viejo:
-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de "los Varas Largas". Reclutaban jóvenes fuertes para ir a la guerra contra los bárbaros de la frontera. Al estar herido, el hijo del viejo no fue de la partida.
Nuevamente los vecinos manifestaban su alegría por la suerte del anciano, aunque éste volvió a manifestar su mesura.
-¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!
A los pocos meses, llega la noticia a la montaña que el ejército de los jóvenes había logrado una magnífica victoria y que el emperador en persona estaba repartiendo bienes y tierras entre los soldados victoriosos. Otra vez el anciano fue testigo de la visita de sus vecinos que le compadecían ya que su hijo no había podido estar presente en la magnífica gesta militar y una vez más el sabio expresó:
-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!
Algunas semanas más tarde, el confiado ejército es emboscado y prácticamente aniquilado en su totalidad.
Antes que nadie pudiera decir nada, Chunglang enseñó a todo el pueblo, que es muy complejo decir cuando las cosas son afortunadas o desgraciadas, y que mientras los Hombres no sepan que es lo bueno para el Espíritu Inmortal, siempre reirán y llorarán por ilusiones cambiantes.
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