La Ciencia es un descubrir las leyes que enlazan las causas con los efectos, un mayor conocimiento de la Naturaleza, del Universo y de nosotros mismos. Pero ¿cómo llegar a esa Ciencia sin entendernos primero a nosotros y al Universo?
El hombre está detenido entre dos infinitos. Pensemos de qué estamos hechos físicamente: de células que a su vez están hechas de moléculas, que a su vez están hechas de átomos, que a su vez están hechos de subpartículas... Y así entonces no parece haber un fin hacia lo pequeño, que es también un infinito. Y el hombre ¿dónde está? En la tierra, que es un planeta del sistema solar, y ese sistema solar es parte de una galaxia, y esa galaxia es un ínfimo componente de un universo, siendo el universo una faceta de Algo mucho mayor... Y entonces sentimos que hay otro infinito hacia arriba.
Si aun en lo formal estamos en medio de dos infinitos, en medio de una cruz formada por el gran infinito inferior y el gran infinito superior, ¿cómo no vamos a estarlo en lo espiritual, en lo psicológico, en lo científico?
Así, pues, la Ciencia no consiste solamente en saber, por ejemplo, cuál es la valencia del Carbono, o medir la distancia entre la Tierra y la Luna, o saber por qué corre la sangre en el cuerpo. Buscamos una Ciencia que además de conocer eso pueda también decirnos para qué corre la sangre en el cuerpo, qué significa la distancia entre la Tierra y la Luna, qué secreto mueve el Universo, qué secreto nos mueve a nosotros. Una Ciencia que no esté a disposición del más fuerte o del que más sabe, una Ciencia que no atemorice sino que sirva para ayudar y construir, una Ciencia que nos sepa proteger, una Ciencia blanca, una Ciencia sana.
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