El 16 de Agosto de 1972, Mariottini, un químico de Roma que estaba pasando sus vacaciones en Calabria junto a sus familiares, se colocó los implementos de bucear. Aparentemente era un día como cualquier otro. En una pequeña barca, con otros dos compañeros, se alejó unos 300 metros de la orilla y se lanzó al mar. Llevaba un fusil submarino por si aparecía alguna presa digna de un disparo y una inquietud subconsciente sembrada en él por un amigo que había recuperado en el estrecho de Messina algunos bronces griegos de factura corriente. [Ampliar]