Las Artes Marciales Filosóficas no son simplemente un deporte, ni un simple ejercicio, ni su objetivo es quemar adrenalina y salir por el mundo pensando que somos más fuertes que el resto. En realidad las Artes Marciales Filosóficas son antes que nada un camino, y como tal, cada una de las partes que las componen tienen una importancia y un significado mayor que el mero y simple hecho de completar con éxito la rutina. Y entre esas prácticas nos econtramos con la que se denomina Combate.
Cuantas veces no habremos visto en las películas de acción que tan de moda están hoy en día, que la victoria pertenece al más fuerte, al más despiadado o al más desleal. Cuantas veces no nos habrá pasado de pensar que cuando vamos a combatir tenemos que entrar a Ganar, a derrotar al rival, que no quede nada de él y salir cuál héroe de acción, sin un solo rasguño.
Esas son cosas que en las Artes Marciales Filosóficas nunca deben suceder, no es ese el espíritu con que se debe entrar en el tatami. El combate es antes que nada una oportunidad para enfrentarnos a nosotros mismos, enfrentar nuestros miedos, “Me va a pegar”, “Me va a doler”, “Es más grande, tiene más experiencia”, superar nuestras dudas, “¿Y si ataco con una patada? ¡Me va a bloquear!”, “¿Y si me ataca con una combinación? ¿Qué hago?”, fortalecer nuestra mente ante las adversidades, entre algunos de los elementos que se trabajan de forma verdadera cuando la mentalidad aplicada al combate es la correcta.
Las Artes Marciales Filosóficas son un camino, un camino de vida, y como tal nos deben proveer de elementos prácticos para la vida. El combate es simplemente una excusa para adquirir fortalezas que necesitaremos para enfrentar los problemas que la vida nos plantea, problemas que indudablemente son mayores que los que se nos pueden plantear en el tatami.
No son solo fortalezas físicas, son fortalezas de energía, fortalezas psicológicas y mentales, pero principalmente son fortalezas espirituales, el camino marcial da un sentido al caminar, da un sentido a la vida y la llena de significado. Es bueno recordar cuando nos sentimos cansados, como el rey Leónidas de Esparta en el siglo V a.c. en el desfiladero de las Termópilas combatió durante una semana, desde la mañana a la noche, en la primera línea de batalla, teniendo más de 60 años.
¿Qué razones movían al rey Léonidas a seguir luchando?
Entre ellas se encontraban la defensa de su patria, la defensa de los ciudadanos, sus convicciones y sus hermanos de armas, pero jamás luchó por su gloria personal.
El combate comienza en el interior de cada guerrero y no sucede únicamente en el tatami o el dojo, es un combate diario, a cada instante, es la lucha del guerrero por ser mejor, no solo mejor guerrero, sino principalmente ser mejor ser humano, convertirse en una persona de bien para la sociedad y que haga de su vida un constante ejercicio de superación, quizás allí está el secreto del camino.
Andrés da Silveira |